Hace un tiempo leí un estupendo artículo de Fernando Trías de Bes, “Bueno, bonito y… sencillo”, en el suplemento El País Semanal, que quiero recuperar hoy. Antes de seguir, tengo que decir que la palabra “simplicidad” no me gusta mucho, prefiero “sencillez”, pero la usaré por respetar los términos en que se expresa Trías de Bes.
Me encantó el artículo porque descubre aspectos de la simplicidad en la que a veces no reparamos. Ahí va un resumen de las ideas que me parecieron más interesantes:
Este último punto es quizás el más duro de aceptar y sobre todo, de llevar a la práctica. No puedes construir algo simple que sea a la vez exhaustivo, completo y perfecto. Ir a las esencias exige prescindir de adornos y complementos que quedan bien, e incluso que nos gustan.
Esto me recuerda algo que me pasó hace tiempo mientras trabajaba en una gran consultora. Presenté un informe de 30 folios con los resultados de un estudio que duró más de 6 meses. Me dijeron que el cliente jamás entendería que un informe tan corto costaría lo que por él había pagado. El volumen (número de folios) sería un indicador del esfuerzo y horas de trabajo dedicadas al proyecto. La solución: “ínflalo, y añádele unos cuantos anexos”.
Yo intentaba escribir un informe simple, directo, que fuera al grano, con las ideas-fuerza, pero el valor parecía estar en la complejidad que conlleva el volumen.
Como veis, la línea que separa la simplicidad del simplismo es muy delgada y sutil. Será por eso que “lo simple” bien logrado destila elegancia y se aprecia tanto.
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